Cada hombre es un filósofo
Jutta Burgraff
"Los pensamientos son libres", dice una canción popular alemana. Se puede comprender que fue prohibido cantarla en el tercer
Reich.
Pero el mandato de "olvidarla", propio de un régimen totalitario,
condujo solamente a cantarla con más entusiasmo, en la clandestinidad o,
al menos, por dentro, en el propio corazón, es decir, en aquel lugar
íntimo que no alcanzan las órdenes, y donde "los otros" no pueden
entrar.
Somos libres para pensar por cuenta propia. Pero, ¿tenemos
el valor de hacerlo de verdad? ¿O estamos más bien acostumbrados a
repetir lo que dicen los periódicos y revistas, la televisión, la radio,
lo que leemos en internet o lo aseverado por alguna persona, más o
menos interesante, con la que nos cruzamos por la calle? Hoy en día, en
muchos países parece que ha desaparecido la autoridad que dicta los
pensamientos, la censura. Pero lo que hallamos en realidad, es que
aquella autoridad ha
cambiado su modo de obrar: no se vale de la coerción sino tan sólo de
una blanda persuasión. Se ha hecho invisible, anónima, y se disfraza de
normalidad,
sentido común u
opinión pública. No pide otra cosa que hacer lo que todos hacen.
¿Somos
capaces de resistir a los tiroteos constantes de este "enemigo
invisible"? Hemos aprendido a ejercer nuestra facultad para discurrir y
discernir? Pensar es, sin duda, una gran cosa; pero es ante todo una
exigencia de la naturaleza humana: no debemos cerrar voluntariamente los
ojos a la luz. ¿Estamos
dispuestos, en definitiva, a ser o llegar a ser "filósofos", a entusiasmarnos con la realidad y buscar el sentido último de nuestra vida?
El
Papa Juan Pablo II afirma algo que parece atrevido a primera vista:
"Cada hombre es, en cierto modo, filósofo y posee concepciones
filosóficas con las cuales orienta su vida"
[1]. ¿Qué quiere decir esto? Un profesor de química, un ama de casa, un
taxista, una ministra, un campesino, una artista, un futbolista, ¿todos
ellos pueden ser filósofos?
1. La filosofía comienza con la humanidad
Es
común reclamar un especialista siempre que se quiere tratar temas de
medicina, física, arquitectura o ingeniería. Nadie puede considerarse
capaz de contestar competentemente las preguntas que surgen en estos
campos, si no tiene una formación elemental en tales materias. Y ni
siquiera intenta hablar de estos temas durante una barbacoa o una
excursión. Pero ése es precisamente el caso de la filosofía: cualquiera
se atreve a hablar de temas filosóficos. Hasta en algunas tascas -si el
ruido lo permite- se escuchan conversaciones profundas sobre el mundo,
el sentido de la vida o lo extraño que es que el tiempo pase tan rápido y
no se pueda conservar el momento. Por cierto,
¡cuántos no han estado esperando en una estación delante de un reloj, y
se han convertido en filósofos! Es verdaderamente impresionante pues
fijándose un rato en la aguja, y observando cómo se mueven el segundero,
el minutero... nos preguntamos, casi sin darnos cuenta ¿qué es el
instante? ¿Qué significa el
presente? ¿No me estoy moviendo ya en el
futuro? ¿O aún estoy en el
pasado? "Hoy será el ayer de mañana," dice la gente; y también: "Al ahora... pronto me referiré con las palabras
hace poco." Incluso San Agustín afirmó: "Yo sé lo que es el tiempo, siempre que no me lo preguntes."
Es
posible conversar sobre esta y otras muchas cuestiones casi en
cualquier situación, preferentemente en la naturaleza, en los montes o a
la orilla del mar. En principio, todo hombre está capacitado para
reflexionar sobre las dimensiones
más profundas de la vida. ¿Significa esto que todos los hombres somos
filósofos, en el sentido estricto de la palabra? ¿Que no es necesario
disponer de una formación especial para ejercer esta ciencia? Nada de
eso. Pero significa que la filosofía es
distinta a las demás ciencias, y que, en principio, todo hombre capaz de razonar puede
ejercer de filósofo.
Todo
ser humano, tarde o temprano, se plantea el por qué y el para qué de su
existencia, se pregunta de dónde viene y a dónde va, quién es y lo que
podría hacer de su vida. En esto se distingue de los animales. El animal
vive de un día para otro: come, bebe, duerme, crece, corretea, se
reproduce y muere. Una vida así es buena y normal para un animal, pero
no para una persona. Los filósofos de la Antigüedad llegaron a decir
-tal vez de una manera algo ruda- que si una persona no se plantea las
preguntas fundamentales de la vida y solamente vive de un día para otro
(de una comida a la otra, de un telediario al otro), habrá "fracasado"
en su existencia. En lo más profundo de su ser no habrá llegado a
encontrarse a sí mismo; no se habrá "convertido en hombre". Dicho de
manera tradicional: su existencia no habrá sido
digna de ser la de un hombre.
¿Cuándo
comienza la filosofía? Según algunos expertos, con Tales de Mileto, en
el siglo VI antes de Cristo; según otros, nace con Homero en el siglo IX
antes de Cristo; hay personas más radicales que señalan que, antes de
los griegos, los pueblos orientales de alguna manera ya filosofaban...
Sin embargo, si es verdad que cada hombre es filósofo, la filosofía debe
comenzar con la humanidad. En las bibliotecas alemanas se puede
encontrar una obra anticuada y cubierta de polvo, de varios tomos,
escrita en el siglo
XVIII, "Historia de la Filosofía - desde los comienzos del mundo hasta
nuestra época". La portada del primer tomo muestra un paisaje salvaje
con un gran oso y tiene por título: "La filosofía prediluviana" [2].
Sin
embargo, es un rasgo característico de nuestro tiempo, que no pocas
personas parecen carecer de inquietudes intelectuales. Hasta se muestran
"alegres" en un cierto nihilismo práctico que no se preocupa del porqué
de la vida, ni se formula la mera
pregunta por el sentido de la existencia. Nos encontramos frente al peligro de no
vivir la vida,
sino de "dejarse llevar". A veces, no disponemos de la suficiente calma
interior para considerar los acontecimientos con cierta objetividad y
tomar conciencia de la propia situación existencial. No reflexionamos
sobre el sentido y los objetivos del propio actuar; en definitiva: no
ejercemos como filósofos, prescindiendo así de una dimensión esecial de la vida
humana.
Durante la segunda guerra mundial, un joven alemán,
miembro de la resistencia, que se encontraba en Rusia, escribió en su
diario un diálogo ficticio con uno de sus jefes: "El hombre ha nacido
para pensar..., ¡para pensar, querido funcionario! Esta palabra se
dirige directamente contra ti, contra ti y todo el sistema que habéis
montado. Eso te sorprende porque, según dices, eres una persona que
exalta el espíritu. Es un espíritu perverso al que estás sirviendo en
esta hora de desesperación... Reflexionas sobre el perfeccionamiento de
la ametralladora, pero la pregunta más rudimentaria, más fundamental e
importante la acallaste ya en tu juventud: es la pregunta:
¿por qué? y
¿a dónde?" [3].
En
efecto, el simple plantearse estos interrogantes es ya una primera
señal de que una persona se rebela ante la perspectiva de vivir como un
animal. Normalmente se puede
filosofar, claro está, cuando las necesidades básicas de la vida están
al menos mínimamente colmadas. Pero aunque este sea el caso, observamos
una cierta "apatía", una cierta "abstención de pensar", justamente en
las sociedades occidentales consumistas.
2. Influencias negativas sobre la capacidad filosófica
Nuestra
vida se ha convertido, en muchos sentidos, en un ajetreo continuo.
Muchas personas sufren las consecuencias del estrés o de un cansancio
crónico. La dureza de la vida profesional, y también las exigencias
exageradas de la industria del ocio, traen consigo unas obligaciones
excesivas, así que lo único que se desea por la noche es descansar,
distraerse de los problemas cotidianos, y no esforzarse nada más. Todo
esto puede llevar a una cierta "enajenación espiritual", a la
superficialidad de una persona que vive sólo en el momento, para las
cosas
inmediatas. En nuestra sociedad de bienestar tan saciada, con
frecuencia, resulta muy difícil detenernos a reflexionar.
A la vez, podemos observar frecuentemente una decadencia hacia lo instintivo, lo puramente sensual. Muchas películas, revistas,
talkshows y hasta no pocas páginas
web
del internet hablan un lenguaje claro. Pero una persona que se deja
absorber por el materialismo y el sensualismo, se embota y se ciega
frente a lo espiritual. Uno puede acostumbrarse a casi todo, incluso a
no utilizar su entendimiento para realizar las críticas más elementales y
necesarias.
Un exceso de información también puede ser un
impedimento. Vivimos en la era de los medios de comunicación de masas.
Recibimos una inmensa cantidad de información. Quien intenta acceder
inmediatamente a toda la información de los cinco continentes, quien no
se pierde ninguna tertulia
televisiva ni ningún comentario político, o suele ver una película tras
otra, puede convertirse en una persona muy superficial. Con frecuencia
no tenemos ni tiempo, ni fuerzas suficientes para asimilar toda la
información recibida. Además, absorbemos inconscientemente muchos miles
de datos, cuando, por ejemplo, nos paseamos por el centro de una
ciudad... Hace pensar una pequeña anécdota que se cuenta de la escritora
alemana Ida Friederike Görres. Una vez, en los años cincuenta del siglo
pasado, le preguntaron qué hacía para tener siempre ideas tan
originales y saber juzgar con tanta claridad la situación de la
sociedad. Respondió: "No leo ningún periódico. Así puedo concentrar mis
fuerzas. De lo importante ya me enteraré de todas maneras."
Naturalmente, esta postura es muy discutible y, en mi opinión, no es
digna de imitación. Pero sí puede invitarnos a reflexionar.
Hoy, varias décadas más tarde, se ha multiplicado enormemente el volumen
de la información que recibimos cada día, a la vez que se ha
especializado. Será difícil para una persona convertirse en un
filósofo
sin una cierta "actitud distante" con respecto a los medios de
información. El escritor ruso Dostoievski afirma: "Estar solo de vez en
cuando, es más necesario para una persona normal que comer y beber" [4].
A
lo largo de la historia, hubo grandes pensadores que se separaron
voluntariamente del ajetreo de la sociedad. No querían distraerse con
banalidades. Un ejemplo famoso de la Antigüedad es Diógenes, que vivía
feliz en un barril y no se dejaba molestar por nadie, según cuenta la
tradición. Un ejemplo de nuestro tiempo es el filósofo austríaco
Wittgenstein, hijo de un industrial, que regaló a sus hermanos los
millones que
había heredado. Prefería la austeridad a las riquezas. Durante largo
tiempo no comía otra cosa que pan y queso; cuando le preguntaron por la
razón, respondió sencillamente: "Me da igual lo que como; lo que importa
es que siempre sea lo mismo" [5]. Cuando murió en 1951, sus últimas
palabras fueron: "Dígales que tuve una vida maravillosa" [6].
3. Actitudes básicas para la filosofía
Como
se ve, esta capacidad básica que tiene cada hombre de preguntarse por
el sentido del mundo y de su propia existencia, puede desarrollarse a lo
largo de la vida, o puede corromperse. Vamos a considerar las actitudes
básicas que se exigen para que una persona se convierta en un
filósofo.
1. Desprenderse del mundo diario. Según el filósofo alemán Josef Pieper, "filosofar es un acto que trasciende el mundo laboral" [7]. El
mundo laboral
es
aquí sinónimo del mundo en el que se ha de funcionar, rendir, competir.
De vez en cuando conviene distanciarse de todo eso: no fijarse solamente
en lo inmediato (y agobiarse con ello), sino mirar "en otra dirección".
Apartarse
del mundo laboral es muy relajante. Así se puede descansar y sacar
nuevas fuerzas para la vida diaria. No se logra sólo cuando se ejerce la
filosofía. También el poeta trasciende la cotidianidad; es capaz de
olvidarse de todo, y de cometer locuras. Lo mismo hace el amante: su
amor le impulsa a dejar atrás todo cálculo y no dejarse comprometer por
un mundo utilitario. O sea, el filósofo se parece a un amante y a un
poeta. Él también es un amante: ama la verdad, la ansía. Platón habla
del "eros filosófico". Dice que la filosofía se asemeja a la locura,
porque saca al hombre de su mundillo y lo conduce hacia las estrellas. Y
todo el que sufre
alguna conmoción, es invitado a transcender su mundo cotidiano. Es lo
que ocurre cuando alguien se encuentra en una "situación límite", por
ejemplo cuando se enfrenta a la muerte, entonces surge frecuentemente un
acto filosófico - o religioso.
La filosofía, el arte, la religión
y también el amor están relacionados en cierta manera. Se oponen al
utilitarismo del mundo laboral. No se dejan "comercializar" o utilizar
para determinados objetivos. Al hacerlo, la filosofía y la religión se
transformarían en ideologías, y el amor, en una industria del sexo.
En cierto sentido es verdad que el filosofar "no sirve para nada". Es, por decirlo así, inútil. Y ahora el plato fuerte:
¡ni puede ni debe servir para nada! Pues precisamente quiere superar el pensar utilitario. Martin Heidegger dice: "Es
completamente correcto y
así debe
ser: 'La filosofía es inútil'" [8].
Con la filosofía - como en
la poesía - se trasciende lo cotidiano. Esto a veces es necesario para
"sobrevivir" en un mundo difícil, es un modo de mantener la serenidad,
si el día a día es insoportable. Nietzsche dice que Sócrates huyó hacia
la filosofía porque tenía una mujer inaguantable, la famosa Xantipa, que
le regañaba sin parar. La tradición cuenta que una vez Xantipa echó un
cubo con agua sucia por la ventana, cayéndole a Sócrates que estaba
abajo con sus amigos, conversando sobre temas filosóficos. Los amigos se
enfadaron, pero Sócrates quedó impasible: "En mi casa llueve cuando hay
tormenta". Y los amigos concluyeron: "Como Sócrates sabe tratar a
Xantipa, sabe tratar a cualquier otra persona" [9].
Cuando una
persona trasciende el mundo cotidiano, niega la "exigencia totalitaria"
del mundo laboral: expresa que la
profesión, por importante que sea, no debe absorber completamente las
facultades humanas, ni puede satisfacer todos los deseos de su corazón;
hay algo más a lo que uno quiere dedicarse. En esto estuvieron de
acuerdo todos los filósofos, poetas y amantes de todos los tiempos. El
filósofo, pues, tiene mucho más en común con un poeta, por ejemplo, que
con un empresario; lo que no quiere decir que también un empresario no
pueda ni deba ejercer la filosofía.
2. Fomentar la admiración.
El filósofo medieval Tomás de Aquino afirma: "La razón por la que el
filósofo se compara con el poeta es ésta: ambos son capaces de
admirarse" [10]. Una persona que filosofa, reconoce y admite su propia
falta de conocimientos; se abre a una verdad mayor y se deja fascinar
por ella. La admiración es, según los antiguos, el comienzo de la
filosofía. Se cuenta que algunos grandes filósofos eran capaces de tal
admiración que, literalmente, olvidaron lo que pasaba en su alrededor.
Tales de Mileto, por ejemplo, aun estando en una batalla, se quedó
parado de repente al ocurrírsele una idea, y no vió que el enemigo se
acercaba... Y Tomás de Aquino fue el único que estaba callado durante un
solemne banquete, al que el rey de Francia le había invitado, mientras
todos los demás estaban enfrascados en conversaciones cultas; de pronto
pegó un puñetazo a la mesa y gritó: "¡Ya lo tengo!" Había encontrado un
argumento para razonar en contra de los maniqueos [11].
La
filosofía tiene un carácter esencialmente no burgués. Pues admirarse no
es de "burgueses": no es de aburguesados insensibles que lo dan todo por
supuesto. Sólo son capaces de admirarse, cuando sucede algo muy
extraordinario,
como un escándalo
. Por eso la industria recreativa cada vez se
vuelve más agresiva. La necesidad de hechos sensacionales para poder
conmoverse y admirarse, es una señal segura de que una persona no ejerce
de
filósofo.
El admirarse no sólo es el principio de la filosofía en el sentido de
initium, de paso preliminar o comienzo. Es el
principium,
origen interior del filosofar. La admiración no se pone entre
paréntesis, ni se deja de lado, por más avanzado que se encuentre el
filósofo. Siempre que una persona filosofa, se admira; y en la medida en
que crecen sus conocimientos, debe crecer su admiración. Tomás de
Aquino define la admiración como "
desiderium sciendi", la
añoranza y el deseo de saber cada vez más. La persona que se admira es
aquella que empieza a caminar, que desea saber más y más e intenta
llegar al fondo de todas las
cosas. Por eso afirma Goethe, el gran escritor alemán: "Lo máximo que un
hombre puede alcanzar es la admiración" [12].
El filósofo se
admira. Descubre, en lo cotidiano y común, lo realmente extraordinario e
insólito. Sabe entusiasmarse con una brizna o un diente de león, tal y
como lo haría un poeta, un amante o un niño. Tomás de Aquino dijo que no
podíamos captar ni la esencia de un mosquito. Quiere decir que hasta es
posible admirarse infinitamente ante un mosquito. (Un
filósofo también es capaz de meditar profundamente ante situaciones familiares y sociales, ante problemas humanos de cualquier tipo...)
3. No tener prejuicios.
Filosofar significa abrir horizontes, dirigir la mirada hacia la
totalidad del mundo; nuestro espíritu es, de alguna manera, una "fuerza
para lograr lo infinito" [13]. Entonces, ¿tendremos que hablar siempre
de
todo al filosofar? ¡Por supuesto que no! No es posible; y el resultado sólo podría ser un caos! Pero una persona tiene que estar
dispuesta
a hablar de todo! Nunca debe perder de vista a "Dios y al mundo". No
debe pasar nada por alto arbitrariamente, si quiere llegar al fondo de
las cosas.
El filósofo como tal tiene que estar dispuesto a
enfrentarse con "todo", a prestarle atención a "todo". Esto no
significa, claro está, que se ocupe de mil pequeñeces. Como acabamos de
ver, un exceso de información puede impedir la postura filosófica. Pero
se ha de estar dispuesto a no pasar por alto
nada que en principio pueda ser esencial. Tener una
postura crítica significa para el filósofo: preocuparse de no pasar por alto conscientemente nada [14].
Por
supuesto, la "totalidad" de la realidad no es idéntica a una adición
lograda por una suma que ahora
contiene todo y cualquier cosa. Aquel que entiende mucho de biología y
de literatura y de recetas de cocina y de fútbol y de política
internacional y de la vida privada de todos los artistas y príncipes, no
es por eso un
filósofo. La filosofía trata de
el todo, de
una comprensión "estructurada" del mundo que posee una jerarquía: lo
esencial se reconoce como esencial, lo no esencial como no esencial.
Un
filósofo auténtico trata simplemente de no excluir o sobrepasar nada
intencionadamente. Tiene amplios horizontes: ¡con él se puede hablar de
todo!
Para él no existen tabúes. Ni tampoco sistematizaciones precipitadas
que ignoran todo aquello que no concuerde con el sistema, y que impidan
cualquier nueva conversación sobre ello. La filosofía no acepta
limitaciones arbitrarias, pues si lo hiciera, perdería su propia
identidad, convirtiéndose en ideología. En
este sentido, Goethe juzga muy negativamente a algunos filósofos de su
tiempo, que pretenden "dominar a Dios y al espíritu humano" y encierran
todo el universo en diferentes sistemas [15].
El "enfrentarse a
todo" tiene más que ver con la profundidad que con la extensión. El
filósofo no sólo mira el más allá. No sólo aparta la vista de la vida
cotidiana, transcendiendo el mundo. También sabe fijarse exactamente en
las cosas que le rodean. Pregunta por las últimas razones. No le
interesa, por ejemplo, cuál es la forma más rápida de adquirir dinero,
sino lo que es en sí el poder de la riqueza y lo que significa para el
hombre.
Quien quiera tener una visión de "toda la realidad",
pronto se da cuenta de que eso es apenas posible. El mundo es mucho
mayor que nuestra capacidad de comprensión. El acto filosófico no
consiste, en primer término, en "pensar
mucho", sino en contemplar la realidad, escuchar con atención, en
callar:
"escuchar tan plenamente que ese silencio atento no sea perturbado o
interrumpido por nada, ni siquiera por una pregunta" [16]. (La
naturaleza de la pregunta encierra una determinada orientación de la
respuesta, y eso significa una limitación.) Pieper habla de la
"franqueza ilimitada" con la que se debe escuchar al mundo. El filósofo
considera el mundo "bajo cualquier aspecto concebible", y no sólo bajo
alguno en concreto, tal y como lo hacen las ciencias particulares [17].
Se
sobreentiende que este silencio no guarda ninguna relación con una
pasividad neutra, antes bien, supone un máximo compromiso. Pues de lo
que se trata es, de no querer pasar nada por alto, de considerar todos
los aspectos y no dejarse cegar por prejuicios. (En una disputa, hay que
escuchar a todos los grupos, con igual atención.) Para un auténtico
filósofo no hay ni temas que se hayan de excluir, ni "temas
sensacionales", ni "personas etiquetadas". Pieper dice que el estar
abierto al mundo es algo así como el "distintivo" del filósofo auténtico
[18].
4. Adquirir cierta independencia en los propios juicios y reflexiones. Una persona que quiere pensar por su cuenta, ha de estar dispuesta al
inconformismo.
Filosofar significa: distanciarse, no (siempre) de lo cotidiano, pero
sí de las interpretaciones comunes, de la opinión pública o publicada,
del "terror" que a veces pueden producir los medios de comunicación. Los
auténticos filósofos siempre han ido contra corriente. Son los que ven
lo que todos ven, y se atreven a pensar lo que quizá nadie de su entorno
piensa. Los que actuaban de este modo, a veces hasta sufrieron la
muerte por esta razón (Sócrates), pero no dejaron de oponerse a todo
tipo de regímenes totalitarios.
La filosofía reclama para sí la independencia. Tiene que poder
desplegarse sin que ninguna normativa oficial lo impida. Pieper exige
para cada comunidad humana un espacio libre en el que sea posible el
debate sin trabas de cualquier cuestión que ocupe las mentes [19]. Si
esto no es posible, es señal de que la sociedad tiene trazas
totalitarias.
Sin embargo, más importante aún que la libertad
exterior es la libertad interior. Significa querer incondicionalmente la
verdad, y no dejarse ni adormilar, ni manipular por nada. Las
situaciones pueden estar en favor o en contra de la libertad; pueden ser
la razón para que ésta aumente o disminuya. Pero no intervienen
esencialmente en el acto libre. Así, una persona está condicionada, en
cierto modo, por el país, la sociedad, la familia en la que ha nacido,
está condicionada por la educación y la cultura que ha recibido, por el
propio cuerpo, por su
código genético y su sistema nervioso, sus talentos y sus límites y
todas las frustraciones recibidas - pero a pesar de esto es libre: es
libre para opinar sobre todas estas condiciones. Un hombre puede ser
libre incluso en una cárcel, como lo han mostrado Boecio, Santo Tomás
Moro, Bonhoeffer y otros muchos. "Hay algo dentro de ti que no pueden
alcanzar, que no te pueden quitar, es tuyo;" esto dice un preso a otro
preso, en un diálogo impresionante, que sale en la película "Sueños de
libertad." Un hombre puede ser libre también en un sistema totalitario,
aunque las amenazas y el miedo disminuyan la libertad. Puede mantener
una creencia, un deseo o un amor en el interior del alma, aunque
externamente se decrete su abolición absoluta. Así, Sajarov no sólo fue
grande como físico; sobre todo fue grande como hombre, como apasionado
luchador por la libertad de cada
persona humana. Pagó por ello el precio del sufrimiento, que le impuso
el régimen comunista, cuya mendacidad e inhumanidad destapó ante los
ojos del mundo. Otro disidente famoso confesó públicamente: "¡Bendita
prisión que me hace reflexionar, que me hace hombre!" (Alexander
Solzhenitsin)
5. Adquirir humildad intelectual. Con
todo ello, no hay que sobreestimarse. Aunque una persona tenga una
experiencia sumamente rica y una comprensión profunda de la vida humana,
no debe perder el sentido de la realidad: el filósofo no es "el sabio
por antonomasia", sino el que
ama la verdad, el que siente
añoranza
por comprender los últimos porqués del mundo, el que se esfuerza en ver
relaciones. Filosofía significa amor a la sabiduría, a la búsqueda de
la sabiduría que nunca se llega a poseer plenamente.
La persona
que se admira es consciente de no saber nada. Es
célebre la frase de Sócrates en que admite: "Sólo sé que no sé." En
cierta manera es aplicable a cualquier científico. Hoy en día estamos
muy sensibilizados respecto a que ninguna persona puede "saberlo todo",
ni siquiera en una subdisciplina delimitada. Se comienza a estudiar
algo, pero no se llega a un fin; constantemente se descubren más campos
de investigación. La especialización ha avanzado mucho: un psiquiatra no
sabe casi nada de oftalmología, un historiador que conoce a fondo el
siglo XVI apenas tiene idea del siglo XVII. Los biólogos escriben tesis
sobre el pico del petirrojo, y no conocen la cola. Todo esto no tiene
importancia, pues tenemos una mente limitada. Sólo que hoy volvemos a
ser conscientes de ello, o al menos mucho más conscientes que durante
las últimas décadas de fe ciega en la ciencia.
¡Y Sócrates es tan
actual! No dijo sólo:
"Sólo sé que no sé nada", cosa que podemos comprender muy bien en
nuestros tiempos. También afirmó: "Jamás he sido el maestro de nadie."
Quería indicar con ello que no es posible dividir la humanidad en dos
"clases": "los que saben" y "los que no saben", el sabio y el necio.
Todos estamos buscando la verdad, ninguno la posee completamente. Cada
uno puede aprender de los demás.
Hoy en día tenemos una
sensibilidad especial para estas relaciones. El que intente darse por
alguien que lo sabe todo, queda realmente en ridículo. Ya no puede
impresionar a nadie. Nos hemos vuelto escépticos ante las construcciones
sistemáticas. Hemos visto cómo se derrumbaron, de la noche a la mañana,
sistemas ideológicos gigantescos. Al mismo tiempo presenciamos cómo se
tambalean un sinnúmero de tradiciones fundamentales de la cultura
occidental. No hace falta deprimirse ante esta situación.
Sufrir de vez en cuando algunas conmociones fuertes, puede ser, incluso,
beneficiosa para una persona y para toda una sociedad. Una crisis no es
una catástrofe. Puede servir para volver a tomar conciencia de los
propios fundamentos. Se trata de una oportunidad para transformarse más
conscientemente en alguien que busca, que adopta la actitud filosófica.
Es probable que así reconozcamos, cada vez más claramente, lo necesario
que es cambiar de forma de pensar en determinados ámbitos.
4. Desafíos y libertad
Filosofar significa, en cierto modo, apartarse del mundo laboral. Este paso trascendente no sólo es condicionado por el
origen, sino ante todo por la
meta
que consiste en adquirir, en la mayor medida posible, conocimientos
acerca del sentido de nuestro mundo. Se basa en la creencia de que la
auténtica riqueza del hombre no está en saciar sus necesidades
cotidianas, "sino en
saber ver aquello que
existe" [20].
En este sentido, la filosofía no está reservada a
los especialistas. Se podría decir que es un don y una tarea para toda
persona. Por consiguiente, tendría que ser lo más normal del mundo
comenzar conversaciones filosóficas, no sólo en la Universidad, sino
también en las calles y en pleno centro de la ciudad. Pero ahí nos damos
cuenta de algo curioso que, por cierto, se puede observar en todas las
épocas y en todas las sociedades: ¡los filósofos, muy frecuentemente,
son unos marginados! En este mundo del dinero y del éxito puede ocurrir
incluso que inspiren en los demás un sentimiento de pena o de
incomprensión.
Hemos visto que la filosofía, por su naturaleza, no
es algo "comercializable"; se opone al mundo laboral. Por eso, muchas
veces, tiene el estigma de lo raro, de ser un mero
lujo intelectual,
que tal vez se pueda tolerar, pero que
también es ridiculizado. Con frecuencia, el filósofo no tiene los pies
sobre la tierra. Admira el cielo estrellado, el diente de león y el
mosquito. A veces lo hace por necesidad, por no poder soportar el mundo
de lo cotidiano. Xantipa hacía que su hogar no fuera acogedor, y
entonces Sócrates se subió al tejado de la casa, pues mirar el cielo
estrellado era más atractivo... Pero si se mira al cielo, se puede
llegar a andar por las nubes. Es, por decirlo de alguna manera, la
"enfermedad profesional" del filósofo.
Existe, realmente, una
cierta problemática: el filósofo, con suficiente frecuencia, no ve el
mundo cotidiano. Mira al cielo - ¡pero nadie puede vivir así
constantemente! No somos espíritus puros. Tenemos un cuerpo, y hemos de
comer, beber y dormir. Necesitamos un techo y una seguridad social. Con
otras palabras, no nos basta sólo el "cielo estrellado", sino también se
requiere un espacio
protegido, un hogar. También nos hace falta un entorno familiar, lo
concreto,
sentirnos acogidos y acompañados. Si todo el mundo se dedica a mirar el
cielo estrellado, la vida se vuelve inhóspita. Cuando me duele la
cabeza no quiero que nadie se quede mirándome, sin hacer más que
admirarse
y filosofar sobre "el mal de la enfermedad"; ¡deseo que me dé un
analgésico! También es cierto que, sin la base material que hace posible
la existencia física, nadie puede filosofar. Es difícil meditar sobre
el mundo en su totalidad, cuando se está construyendo una casa, se tiene
un pleito o se están preparando unos exámenes importantes; y mucho
menos, si se está apremiado por el hambre o bajo los efectos de una
enfermedad dolorosa.
La admiración no concede habilidades ni
aumenta el sentido práctico, antes bien, admirarse significa
"conmoverse". Pero nadie puede pasarse la vida en la pura
contemplación de la verdad. Pues el hombre no puede vivir, a la larga,
tan sólo del sentirse conmovido. De hecho, al encontrar la verdad, surge
el deseo de transmitirla; así puede nacer la figura del profesor de
filosofía o del escritor filósofo.
De los comienzos (conocidos) de
la filosofía occidental, nos es transmitida una anécdota bastante
significativa: como Tales de Mileto paseaba contemplando el cielo, en
una ocasión se cayó en un pozo. Una criada que fue testigo del hecho, se
rió a carcajadas. Platón advierte al respecto: "El filósofo suele ser
siempre de nuevo motivo de risa, no sólo para las criadas, sino para
mucha gente, porque él, ajeno a las cosas del mundo, se cae en un pozo y
se topa con muchos más apuros" [21]. Este es el dilema del filósofo:
vive en un mundo en el que sus coetáneos se orientan por aspectos
pragmáticos como
el dinero y el éxito; él, en cambio, se dedica a algo que se opone
diametralmente a las ambiciones de estas personas, o al menos se puede
decir que se dedica a algo que no es "útil", no es "práctico".
Lo
que no es "útil", no suele tomarse en serio. Pero esto sólo es un
aspecto (el negativo) de la imposibilidad de ser comercializado. El lado
positivo es la libertad que supone. Por un lado, la filosofía es
inútil en el sentido de uso y aplicación directos. Por el otro, la filosofía
se opone a ser utilizada,
no está disponible para objetivos que estén fuera de ella misma. La
filosofía no es "sabiduría de funcionario", sino - como dijo John Henry
Newman -, "sabiduría de caballero" [22]; no es sabiduría
útil, sino sabiduría
libre.
Muchos
se ríen del filósofo, pero él es
libre. Por supuesto, es consciente de su situación, pero no le importa,
ya que es independiente de lo que otros piensen de él. Platón, además,
da la vuelta a la tortilla: los demás ("los hombres del dinero") también
se exponen al ridículo precisamente al perseguir unos objetivos tan
poco nobles. Y cuando se trata de cuestiones esenciales, no saben qué
decir, y entonces es cuando les toca reírse a los filósofos [23].
El
concepto de libertad significa aquí, como hemos visto, la no
disponibilidad para objetivos concretos. El acto de filosofar es libre
en la misma medida en que no se remite a algo que esté fuera de él. Es
"un quehacer lleno de sentido en sí mismo" [24]. Se ve otra vez que el
filósofo se parece al amante: tampoco es posible amar a una persona
para conseguir algo!
Necesitamos médicos para diagnosticar enfermedades,
necesitamos albañiles para
construir casas, pero ¡no
necesitamos filósofos para nuestras necesidades inmediatas, y tampoco para justificar nuestras acciones! Si un estado
necesita
filósofos para avalar la propia política, entonces la filosofía será
destruida. Por el contrario, sí, los necesitamos para que nos ayuden a
comprendernos a nosotros mismos, y a los demás.
Un filósofo, por
tanto, suele vivir como un inconformista, a veces como un marginado, y
puede ser considerado como un loco. Es alguien que no se deja engatusar,
ni utilizar para unos objetivos estrechos, por ejemplo, para
suministrar la ideología adecuada a un régimen totalitario. A la vez,
está lleno de añoranza por la verdad. Su meta es captar los fundamentos
de la existencia, y sabe que sólo lo conseguirá de manera muy
imperfecta, aunque su esfuerzo sea muy grande. No es tanto una persona
que ha conseguido con
éxito elaborarse un concepto del mundo bien redondeado; es más bien
alguien que está ocupado en
conservar viva cierta pregunta, la que se refiere al último porqué de
el todo de la realidad
[25]. Sin duda se podrán encontrar una serie de respuestas provisorias a
esta pregunta, pero nunca se podrá encontrar la respuesta definitiva.
Es por esto por lo que debemos estar dispuestos a plantearnos esta
pregunta constantemente y durante toda una vida. Darse por vencido,
resignarse, porque
nunca se va a encontrar la verdad en su totalidad,
darse por satisfecho con cualquier solución que sólo puede ser
provisional, y desistir de seguir preguntando, es señal de haberse
convertido en un
aburguesado. Filosofar significa precisamente la
experiencia de que nuestra vida cotidiana, condicionada por objetivos
existenciales directos, por supuesto es importante y necesaria,
pero no basta: se puede y se
debe conmocionar de vez en cuando por la pregunta inquietante por el
sentido del todo.
5. Una meta que abre nuevos horizontes
La
capacidad de admirarse forma parte de las máximas posibilidades de
nuestra naturaleza. Nos ayuda a darnos cuenta de que el mundo es más
profundo, extenso, misterioso, bello y diverso de lo que le parece al
entendimiento cotidiano. De la admiración nace la alegría [26], afirma
Aristóteles. Esto expresa también el dicho castizo "tomarse las cosas
con filosofía": no significa tomarse las cosas con resignación, ni con
gravedad, sino tomárselas alegremente. Pieper habla de la "intrínseca
esperanza de la admiración [27].
La persona que se admira no se
queda encerrada en su pequeño mundo. Boecio escribió en la cárcel, y en
aras de la muerte, su célebre libro "Consolación
de la filosofía". El enfoque interior de la admiración mantiene vivo el
conocimiento de que la existencia es incomprensible y misteriosa, pero
que también está llena de sentido. Y en la medida en la que se descubre
el sentido de la propia existencia, puede experimentarse una felicidad
profunda.
Cuando uno se dedica a la filosofía, se va acercando a
la iluminación de la realidad. Y, aunque se alcance la verdad sobre la
existencia, el hombre y el mundo, siempre se podrá profundizar más,
¡porque el saber cerrado y la filosofía se excluyen! (No se dan
"recetas" en filosofía.) Pues mientras más profunda y extensa se hace la
comprensión, más aplasta la visión del campo inmenso
de lo que aún queda por comprender.
Por eso, el comienzo y el final de la filosofía están caracterizadas
por el escuchar a la realidad, el silencio, la
"contemplación". El filósofo griego Anaxágoras respondió a la pregunta
de para qué estaba en la tierra con estas palabras: "Estoy en la tierra
para la contemplación del cielo y del orden del universo" [28]. Se puede
considerar como una respuesta religiosa.
Finalmente, la filosofía
prepara y libera al hombre para la experiencia de Dios. Le hace capaz
de "trascender" nuevamente. Desemboca en una verdad mayor, en la
teología. Aristóteles no dudó en calificar la filosofía como "ciencia
divina" [29]. Y Wittgenstein, que tenía una cierta visión mística acerca
del sentido de la vida, pudo afirmar: "El filósofo pregunta por el
sentido. Sólo si se cree en Dios, se descubre que la vida de hecho tiene
sentido." [30] Se puede descubrir un mundo cada vez más extenso y
profundo. Pero tampoco entonces se encuentran "soluciones fáciles" o
"soluciones hechas" para las grandes
preguntas de la vida y, menos aún, sistematizaciones. Cuanto más se
conoce el mundo, tanto más se percibe su
carácter misterioso.
La
filosofía, pues, se encuentra camino de una meta que nunca alcanzará
por sus propios medios. "Sentimos que, aunque todas las preguntas
científicas estuvieran contestadas, aún no habríamos tocado nuestros
problemas existenciales," [31] dice Wittgenstein. Si comparamos la
filosofía con la teología, aquélla sólo puede llegar a un conocimiento
muy limitado. "Pero este poco que se gana con ella, no obstante pesa más
que todo lo demás que se conoce por las ciencias" [32], afirma Tomás de
Aquino. Por lo tanto, sólo se puede invitar a toda persona de buena
voluntad a ser un
filósofo, aún ante el peligro de ser
considerado por nuestra sociedad consumista como un extraño, un
inconformista o "loco". Al fin, nos pueden
animar las palabras de un autor contemporáneo: "Quien jamás tuvo un
ataque filosófico, pasa por la vida como si estuviera encerrado en una
cárcel: encerrado por prejuicios, las opiniones de su época y de su
nación" [33]. Quien no piensa por su propia cuenta, no es libre.
Notas
[1] Juan Pablo II: Encíclica
Fides et Ratio, n.30.
[2] Cf. Jakob Brucker:
Kritische Geschichte der Philosophie, von der Wiege der Welt an bis zu unserem Zeitalter, cit. en Wilhelm Weischedel:
Die philosophische Hintertreppe, 25ª ed., München 1995, p.11.
[3] Hans Scholl:
Diario de Rusia, inscripción del 22.8.1942.
[4] Feodor M. Dostoievski, cit. en Anselm Grün:
50 Engel für das Jahr, Freiburg-Basel-Wien 2000, p.53.
[5] Ludwig Wittgenstein, cit. en Wilhelm Weischedel:
Die philosophische Hintertreppe, cit., p. 293.
[6] Ludwig Wittgenstein, cit. en Wilhelm Weischedel:
Die
philosophische Hintertreppe, cit., p.294.
[7] Josef Pieper:
Was heisst philosophieren? 4ª ed., München 1959, p. 12.
[8] Martin Heidegger:
Einführung in die Metaphysik, Frankfurt/M. 1983, p. 9. A la vez, la filosofía es sumamente "útil" para ayudarnos a comprender el mundo.
[9] Wilhelm Weischedel:
Die philosophische Hintertreppe, cit., p.29.
[10] Tomás de Aquino, cit. en Josef Pieper:
Was heisst philosophieren? cit.
[11] Cf. Wilhelm Weischedel:
Die philosophische Hintertreppe, cit., p.13 y 90.
[12] Johann Wolfgang von Goethe:
Gespräche mit Eckermann, 18-II-1829.
[13] Tomás de Aquino:
Summa theologiae I, q.76 a.5 ad 4.
[14] Cf. Josef Pieper:
Verteidigungsrede für die Philosophie, München 1966, p. 97.
[15] Johann Wolfgang von Goethe:
Brief an Zelter, 27.10.1827.
[16] Josef Pieper:
Verteidigungsrede für die
Philosophie, cit., p. 52.
[17] Cf.
ibid., p.53.
[18]
Ibid., p. 54.
[19] Cf.
ibid., p.48.
[20] Josef Pieper:
Was heisst philosophieren? cit., p. 33.
[21] Platón:
Theaitetos, 174.
[22] John Henry Newman:
The Idea of a University. Discourse V,5.
[23] Cf. Wilhelm Weischedel:
Die philosophische Hintertreppe, cit., p.14.
[24] Josef Pieper:
Verteidigungsrede für die Philosophie, cit., p. 46.
[25] Cf. Josef Pieper:
Philosophie. Kontemplation. Weisheit, Einsiedeln-Freiburg 1991, p. 54.
[26] Cf. Aristóteles:
Retórica 1,2.
[27] Josef Pieper:
Was heisst philosophieren? cit., p. 73.
[28] Cf. Aristóteles:
Ética eudémica 1,5; 1216a 15.
[29] Aristóteles:
Metafísica, 983a.
[30] Ludwig Wittgenstein, cit. en Wilhelm Weischedel:
Die philosophische Hintertreppe, cit., p.296.
[31] Ludwig Wittgenstein, cit. en Wilhelm Weischedel:
Die philosophische Hintertreppe, cit., p.296.
[32] Tomás de Aquino:
Comentario a la Metafísica 1,3.
[33] Bertrand Russell, cit. en Wilhelm Weischedel:
Die philosophische Hintertreppe, cit., p.287.